El futuro que no estamos enseñando
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Ocho de cada diez estudiantes ecuatorianos no alcanzan el nivel mínimo en matemáticas. Seis de cada diez tampoco lo consiguen en lectura ni en ciencias. No son simples cifras educativas. Son el retrato del país que estamos construyendo.
Un joven que termina la escuela sin comprender bien lo que lee, sin razonar matemáticamente y sin utilizar evidencia para resolver problemas llegará al mundo laboral en enorme desventaja. Tendrá menos oportunidades de continuar sus estudios, acceder a un empleo digno, emprender o adaptarse a la tecnología. Cuando esto le ocurre a la mayoría, deja de ser un fracaso individual y se convierte en una condena colectiva.
Ecuador discute todos los días sobre inseguridad, desempleo, pobreza, desigualdad y falta de crecimiento, pero continúa tratando la educación como un asunto secundario. Pretendemos corregir las consecuencias mientras abandonamos la causa. Ningún país puede transformar su economía si primero no transforma su educación.
Los resultados de PISA 2025 confirman la gravedad del problema. Ecuador obtuvo 366 puntos en matemáticas, 385 en lectura y 393 en ciencias. Los promedios de la OCDE fueron 463, 461 y 482 puntos, respectivamente. En resolución computacional de problemas alcanzamos 422 puntos, frente a 500 de ese conjunto de países.
PISA no evalúa cuánto contenido repiten los estudiantes, sino si saben aplicar lo aprendido. Sus resultados anticipan la capacidad de una sociedad para producir, innovar y sostener una democracia con ciudadanos informados.
La brecha también nos separa de varios países latinoamericanos. Incluso Chile y Uruguay, los mejores de la región en algunas áreas, permanecen lejos de quienes lideran el conocimiento y la tecnología.
América Latina incorporó más jóvenes a la educación. Ecuador también: entre 2017 y 2025 aumentó la presencia en la secundaria de adolescentes antes marginados. Es una conquista, pero estar dentro del aula no garantiza aprender. La inclusión exige capacidades para estudiar, trabajar y vivir con autonomía.
PISA deja al descubierto otra fractura. En ciencias, los estudiantes de hogares con mayores recursos aventajan en 86 puntos a quienes tienen menos. La condición socioeconómica explica cerca del 20 % de las diferencias de rendimiento en Ecuador, frente al 12 % en la OCDE.
El problema no está en los jóvenes, sino en un sistema que no compensa las desventajas acumuladas desde la infancia. Nuestra educación pública, de la que depende la mayoría, debería romper el círculo de la pobreza. Sin embargo, no está entregando las herramientas para superarlo. En un mundo competitivo, esa carencia amenaza con convertir la desigualdad de origen en una condena.
Los resultados desmienten cualquier resignación. El 80 % de los estudiantes afirma sentir curiosidad y el 73 % se esfuerza más ante una tarea difícil, por encima de la OCDE. Solo el 15 % considera que la escuela ha sido una pérdida de tiempo, frente al 24 % en esos países. Nuestros jóvenes quieren aprender; el sistema no convierte esa voluntad en oportunidades.
La transformación comienza en la primera infancia, donde se forman el lenguaje y la capacidad de aprender. Si un niño llega a la escuela con problemas de nutrición, estimulación o comprensión, la desigualdad ya comenzó; esperar hasta la adolescencia es llegar tarde. Ningún estudiante debería avanzar sin leer, escribir y manejar las matemáticas esenciales. Evaluar temprano debe servir para corregir y acompañar a quien se rezaga.
Nada será posible sin maestros bien formados, respetados y respaldados. Evaluarlos no significa perseguirlos, sino reconocer aciertos y mejorar capacidades. El país debe atraer buenos docentes a los territorios que más los necesitan y devolverles autoridad para enseñar.
En tiempos de inteligencia artificial, repetir información ya no basta. Educar es enseñar a cuestionar, contrastar evidencias, verificar fuentes y construir criterio propio. Una sociedad que no sabe hacerlo queda indefensa frente a la manipulación y el autoritarismo.
Tampoco habrá desarrollo si la educación permanece desconectada de la economía real. La formación técnica y tecnológica no es una opción de segunda categoría. La agroindustria, la acuicultura, la bioeconomía, la energía y los servicios digitales necesitan capacidades concretas. Escuela, universidad y empresa deben encontrarse en una estrategia de productividad e innovación.
Ecuador debe dejar de mirar la educación como un costo. Ninguna inversión devuelve tanto como formar bien a niños y jóvenes: mejora la productividad, amplía oportunidades y reduce desigualdades. Pero no basta gastar más; hay que dirigir los recursos hacia el aprendizaje y exigir resultados.
Esa decisión requiere voluntad política y el compromiso de toda la sociedad. Ecuador necesita una política de Estado con metas verificables, responsabilidades claras y continuidad. La educación no puede comenzar de nuevo con cada gobierno.
PISA no puede convertirse en otro informe que nos alarma unos días y después olvidamos. La educación es política social, económica, productiva y democrática. Es la infraestructura humana del desarrollo y el camino más firme para impedir que el lugar donde nace una persona determine hasta dónde puede llegar.
Ecuador sigue perdiendo tiempo. Mientras otros países preparan a sus jóvenes para la ciencia, la innovación y la inteligencia artificial, nuestros gobiernos continúan administrando la emergencia y mirando hacia otro lado. Después nos preguntamos por qué no crece la productividad, por qué se reproduce la pobreza y por qué la desigualdad parece invencible.
Pero el mundo no se detendrá para esperarnos. Cada año que postergamos la transformación educativa, otros avanzan y la distancia aumenta. En la primera infancia y en el aula se decide si un niño quedará condicionado por el lugar donde nació o tendrá las herramientas para construir su propio destino.
La pregunta ya no es si Ecuador puede transformar su educación, sino cuánto más está dispuesto a perder antes de hacerlo. Porque si continuamos postergando esta decisión, tendremos que admitir algo todavía más doloroso: hablamos del desarrollo como una aspiración nacional, pero actuamos como si fuera una utopía inalcanzable.


